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Walt Withman

Por Serena Avila

Canto a Walt Withman, el hombre moderno.

Texto_ Serena Ávila / Fotografías_ Géraldine Eelbode

Surgirá un nuevo orden
y sus hombres serán
los sacerdotes del hombre
Y cada hombre será
su propio sacerdote.
Walt Withman (1819-1892)

Oh Capitán, mi capitán! Terminó nuestro espantoso viaje. Las hijas de Manhattan han regresado.

Reaparecen con los cuerpos desnudos, apoyando sus pies sobre las hojas de hierba que crecen desde hace casi doscientos años. Son el alma y el cuerpo, el cuerpo y alma. Las uñas de las manos pintadas del rojo de las amapolas que aún se deleitan sobre los campos de New Jersey.

Son lo que son y por eso te justifican, creen en el azar como señal para posar la mirada, y vagabundean. Tal y como presagiaste, saben que si son capaces de cambiar las imágenes del mundo, quizás cambie la imagen del mundo. Mueven los tobillos para caminar en todas direcciones, ya no hay pueblo sometido, tan sólo naciones sobre la tierra que cuestionan la obediencia con una resistencia pasiva y pacifica. Llevan dos siglos aguardando su turno, tan solo ahora maduró la simiente. Ahora que el viejo mundo se ha perdido, las hijas de Manhattan empuñan tu nombre.

Una a una estiran sus brazos a ambos lados, en cruz, siempre la cruz que libera al Dios que todos llevamos dentro. Sus manos se abren para devenir los versos que desembocan en tu prosa. Tres cuartas partes del planeta tierra son agua. Aun así no desesperan, no se cansan de mirar.

Oh Capitán, mi capitán! Sonríe porque ha llegado tu amante. Caminan sobre las praderas sureñas, doblan las rodillas y se sientan sobre las hojas de hierba. Traen la curiosidad del sueño divino, aquello por lo que cantabas al hombre que eras y a la mujer que habitaba en ti, al poeta vivo de todos los hoy. Aquí llegan las hijas de Manhattan, las hijas que justifican lo antiguo. Aquí están, en sus puestos, con su propio tiempo. Ellas ya han comenzado a pensar que son divinas, pues han desentrañado el origen de todos los poemas. Ya no hay réplica para el replicante. Están vivas, vivas en el instante en el que antaño se escondían,  entre el ayer y el mañana. Ellas son el presente y hacia ti avanzan. Miran y esperan, creen en ti, alma mía. Una a una se acuesta junto a ti sobre las hojas de hierba pues reconocen que el germen de la creación es el amor. Es entonces cuando arrastran los versos hasta el infinito, cuando conectan los úteros con el útero. Un cuarto del planeta es tierra. Por eso los hombres y las mujeres cavan en ella, vida, muerte, vida…Por eso llueve y sale el sol, por eso vuelven a cubrir la fosa y bailan una danza alrededor de la semilla, porque de ahí nace la voluntad que les ha traído hasta aquí, sea cual sea su oficio, su sexo, su raza, su lengua o su religión.  Y poco a poco, la capacidad de asombro renace de los desiertos que cumplieron su función, y de los oasis brotan las canciones a sí mismas. No se agarran ni se arrastran hacia nada, son solo espigas que se balancean a merced del viento con un único objetivo. Aliento de vida.

Oh Capitán, mi Capitán. Las hijas de Manhattan regresan paridas de cientos de vidas, de lo mejor, y de las experiencias que adquirieron de lo peor. No lloriquean, son sólidas y puras, existen tal cual son, eso es suficiente. Entonces se incorporan, estiran todo su cuerpo en puntillas y, desde ahí, ven girar el mundo. Poetas del cuerpo y poetas del alma. Y más tierra. Y tres cuartas partes del planeta son agua. Testigos de la simpatía, de la bondad y su consecuente perversidad. También de la antipatía. Testigos, se limitan a regar las raíces de todo cuanto crece. Los brotes verdes, tan solo los nacidos de la aceptación y el perdón, los frutos del amor. Ellas, al igual que tú, creen que una hoja de hierba, no es menos que la diaria trayectoria de las estrellas, y que una sonrisa es un milagro suficiente para conmover a trillones de incrédulos.

Podían haber llegado ayer, o podían no haber llegado nunca, pero los animales les mostraron los indicios de sí mismas y no hubo guarida que las retuviese ni ley que las detuviera. Ellas fueron aquellos hombres, sufrieron y estuvieron allí pero ninguna obedeció la orden de arrodillarse. Nadie pudo recorrer ese camino en su lugar, una a una; y en el viaje, encontraron ciudades maravillosas y pueblos libres, y sus almas se mantuvieron serenas y tranquilas ante un millón de universos.

En ellas la naturaleza de todas las cosas, en ellas las hojas de hierba que crecen entre los poros de su piel, las mismas que rebosan de su boca pintada del carmín con el que aún se bañan las amapolas de los campos de New jersey, las que refrescan su sexo y traen la paz a su corazón. – Levantémonos. Vayamos hacia lo desconocido. Nuevo es nuestro modo de pensar, nuevo será pues el modo de ver el mundo.

Llegan de todos los lugares, de todos los campos, regresan de Paris, de Edimburgo, de Berlín, de Madrid, de Lyon, de Lisboa, de Sídney, de Senegal, de Varsovia, de Turín, de Cracovia, de Moscú, de Tokio, de Siberia, de Estocolmo, de Islandia, llegan de todas y a todas las ciudades del planeta que han recuperado el valor de la palabra, su auténtico significado. Avanzan hacia ti que levantas perpendicularmente tu mano, y haces la señal a todos los hogares y los refugios del hombre, pues tu hora, maestro, ha llegado.

¡Oh Capitán, mi Capitán! Comenzó nuestro único viaje, las hijas de Manhattan han regresado. Amantes, guerreras, leales a tu palabra escrita, sé tú su Dios. Tú que cantaste al hombre moderno, tú que te amaste a ti mismo como único modo de amar al próximo, tú que celebraste al Dios que habita en cada hombre y en cada mujer sin rubor alguno, tú que alimentaste las hojas de hierba desde tu pecho. Por fin los poetas camaradas vuelven a incorporarse y a percibir el enigma de los enigmas. Ya están aquí, aunque muchas de ellas aún no lo sepan, aunque las garras del viejo mundo las mantenga atadas a los palos sobre los que ya no prende la llama. Están aquí. Tienen treinta y siete años y con su aliento puro comienzan a cantar hoy mismo. Y no terminarán su canto hasta que mueran. Qué se callen ahora las escuelas y los credos ¡Atrás! A su sitio. Ellas ya saben cuál es su misión y no la olvidarán, qué nadie la olvide. Pues ahora, es el momento de ofrecer su pecho lo mismo al bien que al mal, es el momento de dejar hablar a todos sin restricción, y abrir de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada.

No abandones ahora el puente en el que descansaba el Capitán. Canta. Recoge tus hojas de hierba y camina con ellas. Nuestro viaje, el único posible,  acaba de comenzar.

Foto Geraldine Eelbode