VIRGINIA WOOLF
UNA ESTANCIA COMUN
VIRGINIA WOOLF O EL PRECIO DE ADELANTARSE A UNA ÉPOCA
Texto_ Serena Ávila
Foto_ Yann Lesage
Fue un acto inconsciente, pero lo cierto es que la llamé Virginia. Entonces no sabía que ella sería la única protagonista de mi novela que, conscientemente, elegiría salvarse.
Antes de escribirla, apenas me había enterado de que su primera gestualidad, la espontánea, delataba una sensibilidad exquisita, capaz de descomponer las partículas del estambre de las calas hasta dotarles de vida y jugo. Desconocía su humanidad y su compromiso con el mundo; no me había atrevido a adivinar su rostro burbujeante y melancólico; pero sobretodo, aún no sabía que ella era la palabra y la música. Cuando me di cuenta de todo esto, la Woolf ya paseaba a solas por las avenidas de mi novela, las esquinas, los parques, y las estancias.
Adeline Virginia Stephen, atemporal.
Apenas le hice pasar a su cuarto, para mostrárselo, ella se percató de la luz derramada entre las rendijas de la vieja ventana veneciana, que apocalíptica, dibujaba un círculo teatral sobre la mesilla de noche, incendiario, atlántico en esencia.
Es cierto que en mi imaginario la vestí de corto pero que al caminar, mostraba una frágil y elegante cadencia sólo reconocible en las damas que visten faldas largas y abrigos hasta los pies, ligeros, otoñales, pese a ser estivo. Una libreta, una pluma, un sombrero y el ceño de la curiosidad ligeramente contraído. Su femineidad natural me conmovió.
Tal vez Virginia se quedara en aquel cuarto a lo largo de toda mi novela. Eso es lo primero que pensé, cómo hacer para que un personaje no se mueva de una estancia pero al mismo se convierta en el sutil hilo conductor de un modo de ser y estar en el mundo, de finito a infinito, y viceversa.
Posó el equipaje en el suelo sin importarle lo más mínimo por qué lo llevaba; prácticamente lo dejó como quien cede ante un tic de la infancia.
Se sentó en la silla dieciochesca de una de las esquinas, en la que solía leer a los clásicos griegos que le mostraba su padre en su infancia, y suspiró, siempre con esa imperceptible tensión en las raíces con las que sostenía su vida.
Se levanta el telón y con él, las emociones, las imágenes y los flujos con los que construimos nuestra vida y nuestro espíritu.
Desde las primeras hojas supe que ella sería la heroína de mi obra, no tanto por lo que sabía, sino por su desconceptualizada concepción de la vida.
Horizontal.
Como todas las escritoras que nadamos en un mundo exclusivo de sensaciones, esencias y asimilaciones, su primer pensamiento fue para preguntarse por quién había entornado la ventana de aquel modo con el que se insinuaba un exterior de algarabía y jaleo, –y otra vez la vida, en estado puro. El segundo, si aquello había sido un reflejo de los rincones de su alma, los secretos –Por debajo todo está oscuro, todo se extiende, todo es insondablemente profundo, pero de cuando en cuando salimos a la superficie y por eso se nos conoce – pensaba Mss Ramsay…
Desde esta otra estancia en la que vivo, no escribo sobre el viento cálido y caprichoso que zarandea con suavidad el cabello azabache de las mujeres que, en sus puestos de trabajo, venden fruta y verdura en mercados improvisados sobre suelos cicatrizados, dolientes. Tampoco muestro el ajetreado y centelleante sonido de los cláxones de la bicicleta cuya inestabilidad aprovechan para rozar el trasero de las caderas hermosas cuyos pechos amamantan esperanzadas generaciones futuras. Ni de los perros que copulan alegremente. No permito que nada de lo que sucede ahí fuera, en el exterior de este piso en el que ya lleva setenta años esperando a que llegue su tiempo, le interrumpa. No hay nada que yo pueda contar que ella no haya vivido, porque en su modo de cantar a la vida, residen la esencia y los colores que dan forma a las emociones y los sentimientos universales, y después a los pensamientos.
Desde el rincón en el que ella se sienta, también puede apreciar el almohadón que se apoya sobre el cabecero de la cama y contemplar los cuerpos abrazados a la desnudez de aquellos que no entienden de sexos, pero de amor y placer, y a quienes mecen las olas.

Cuando aún desconocía que la llamaría Virginia, el resto de los personajes ya estaban creados. Y todos tenían una habitación propia, también para no hacer nada. Lo supe cuando sentada en aquel café de techos altos, el olor del tabaco de pipa me retrotrajo a los caracteres que formaron parte de su propia obra, cuando era ella quien escribía. De las relaciones intelectuales, emotivas y personales que mantenía con esos otros hombres y mujeres estetas que en Bloomsbury, como sucedería en cualquier otro lugar del mundo en el que la vida se adelantara por sorpresa obligándonos a buscar respuestas en el estudio, la provocación y la belleza, abrían las puertas a una nueva época que como todas, se resistía a morir –Se sentía más bien inclinada a detenerse un momento después de toda aquella charla y concentrarse en una sola cosa, en algo verdaderamente importante, separarlo, aislarlo, limpiarlo de todas las emociones (…) y después colocárselo delante y presentarlo al tribunal (…) para decidir sobre aquellas cuestiones (…) ¿Hacia dónde nos dirigimos?
Se detiene en las sombras que se dispersan entre las rendijas, sabe que la luz del faro está en cualquier lugar que estudiemos con atención y le dotemos de un tiempo y un espacio; en ese marco acotado, halla la vulnerabilidad y la grandeza del ser humano. Y de nuevo se siente sola, en presencia de su vieja antagonista, la vida.
Hay ocasiones en las que, aún quedando tantas cosas por hacer, la vida tiene otros planes. Pero a veces, como sucede con Virginia, podemos guardar un as en la manga. Suele ocurrir cuando nos aplicamos en exceso porque hemos perdido el miedo al miedo; cuando la honestidad intelectual, el rechazo a la vulgaridad y el amor a la belleza se posan sobre los hombros al igual que la luna mece las mareas. Se marcha el artista pero queda su arte, y con él la bendición a la existencia de toda la humanidad –¿O encerraba en su interior alguna secreto que, Lily estaba convencida, las personas tienen que tener si se quiere que la vida siga su curso?
Supuse que repararía en la lámpara que, grácil, bailaba ballet sobre la mesilla de noche al igual que un día danzaba el señor Woolf, con una cinta de florecillas blancas amarrada a una caña de azúcar, sin hacer ruido, sin invadir espacios. Y, por primera vez, antes incluso de saber su nombre, me muestra su sonrisa. Y todos los objetos de la casa se conectan de tal modo que alcanzo una nueva conclusión. La vida es otra cosa, decía Madame Woolf –…mientras veía de nuevo el seto que, una y otra vez, había redondeado alguna pausa en la conversación, había llenado de significado alguna conclusión. Y viceversa.
Y es que la poesía no entiende de formas formales, tan sólo de la necesidad de contar algo, la única escritura que merece la pena.
Desde esa esquina limpia y desvestida de lujos, titubea. Como si no supiera que son en realidad los personajes los que escogen a una, como si no fuera la vida la que nos elige a nosotros y a veces, hasta equivocada en el tiempo.
Después me mira, y me reta a que sea yo la que escriba. Pero para comenzar a escribir, para conocer su nombre, su relevancia y la mirada que me conectará con mi propio mundo, necesito que se vaya. O que se quede para siempre. Es entonces cuando descubro que mi protagonista se llama Virginia. Y se lía un cigarrillo, las hebras de tabaco se rizan entre sus manos espigadas. Parece que me va a señalar con el dedo pero no lo hace. Tan solo se echa para atrás y acomoda su espalda larga sobre el sillón. Su profundidad me estremece.
Sólo aquellos que conocen las tinieblas de la oscuridad aprecian el espectáculo inefable a la luz de la vida. Y se agarran a ella con las únicas armas que les son dadas, el talento para contarlo.
Se levanta del sillón y abre la ventana para celebrar la vida, una vez más. Aquella mañana, la señora Daloway dijo que ella misma se ocuparía de comprar las flores, y en ese instante sublime, como todos en los que ponemos el corazón, supe que su nombre era el de la única protagonista de mi novela que merecía salvarse. Y asomé la cabeza con ella, y la vi en todas en las avenidas y los patios, en las fuentes, en las columnas griegas, en el agua del cubo de los pozos, en las flores de las palmeras, en las orillas de los ríos, en los pasillos y en las estancias comunes. Porque las mujeres y los hombres que se adelantan a su época, pagan el peaje de la eternidad. Así de sencillo.














