VILLARONGA

"panegre"

LA NATURALEZA DEL MAL

Autor de un universo conquistado, de unas obsesiones permanentes que bucean en la profanación de la inocencia, las sexualidades no habituales o los límites entre cielo e infierno. Amo de un sello único. Decir Villaronga es dejarse llevar a través de una melodía inquietante. Carguen en su jukebox cerebral el tema “Angel”, de Massive Attack, cierren los ojos y abran las mentes hacia el horror de la noche más oscura, aquella poblada por nuestros fantasmas ancestros. Y tengan presente que en la Poética-Villaronga el final del laberinto nos conduce a una aguja de gasolina inyectada en el corazón, al irremediable cara a cara con la esencia maldita de nosotros mismos. Ya no hay vuelta atrás; sus ojos neutralizan cada persona a la vista.

Texto_ Edu Mestre-Nadal

Admirado por John Waters, bendecido en su primera Berlinale y agasajado del éxito marginal que le concede un restringido número de fans en muchas partes del mundo. Lejos del cartel internacional de Saura o Almodóvar, el director de “Laberint” –cortometraje de 1980- ha sabido crear una narrativa intransferible, dotando al drama de mecanismos más propios del género de terror. Unas señas de identidad características, donde destaca un lenguaje artístico maduro –películas muy pensadas- y unas historias con rasgos comunes. Ahora nos presenta su nueva propuesta, “Pan Negro”, poniendo celuloide a una novela de Emili Teixidor. Agustí Villaronga lleva al terreno particular un proyecto que no nace como suyo, así fusiona para este guión el texto de “Pa Negre” con otro libro de Teixidor, “Retrat d´un Assassí d´Ocells” (Retrato de un asesino de pájaros). La cinta, situada en los años 40, no quiere ser una radiografía política de la Cataluña rural durante la posguerra civil española, como ya hiciera en dos obras anteriores –“Tras el Cristal” y “El Mar”-, el realizador usa el fascismo para teñir el telón de fondo de una historia, sin tomar partido en una reflexión moral sobre el tema. De esta forma, deja que el espectador saque sus conclusiones individuales y se centra en juegos narrativos más universales: el valimiento de los poderes fácticos aplicados a personas indefensas, la capacidad de las guerras para degenerar las mentes de las personas y la delgada línea entre el bien y el mal. Rehuye la Guerra Civil de grado partidista, prefiriendo ampararse en una guerra abstracta, descontextualizada, que exponga a los civiles en el centro de las afecciones colaterales. El niño protagonista de “Pan Negro” vive la devastación de los adultos, provocándole una transmutación en su moral. Descubrir la exposición de acontecimientos a los que está sometido Andreu es el modo de comprender al personaje, y la repercusión de su entorno. El sentimiento metafísico del paisaje interviene de la misma manera que un actor secundario de la narración. El bosque comienza con un verde luminoso hasta tornar al gris y pudrirse. Al igual que Andreu, el bosque -acompañante silencioso- sufre una evolución en términos cinematográficos. Cuando se participa inconscientemente en la elaboración de un monstruo nadie sale limpio. “Es como tirar una piedra en un montón de mierda, que salpica a todos” – advierte el inventor.

De una filmografía corta –menos de diez dirigidas- y una biografía de película, Agustí Villaronga es un director atípico, que le gusta moverse en el imperio de la violencia física y anímica para después observar los efectos causados. Hay dos films que marcan su devenir en la industria: “Tras el Cristal” y “El Mar”. La primera trata sobre alguien que no puede vivir a través de sí mismo porque permanece conectado a un pulmón de acero y necesita ayuda externa para su vida diaria. El inválido es el doctor Klaus, que torturó, abusó y asesinó a multitud de niños deportados que se encontraban en los campos de concentración nazis. El joven enfermero, Angelo, se ocupará de él y poco a poco tomará la personalidad de Klaus, estableciendo una sórdida conexión entre ambos –la escena onanista es de un exquisito regusto a Zulueta-. Un cine irremediablemente perturbado por el ciclo del mal: nacimiento, reproducción y nuevo emerger. Esta trama de amor vampírica fue seleccionada para el festival de Berlín, consiguió moderadas alabanzas de la crítica y el premio Onda en 1987.

La otra obra es “El Mar” (2000), que indaga en la relación de dos antiguos amigos, recluidos en un sanatorio para enfermos de tuberculosis. Simplificarla a una sinopsis tan concreta sería una actuación punible por mi parte. Es imposible cuantificar la sensibilidad anatómica esparcida sobre este metraje, dotado de una expresividad desgarrada, un tono desnudo y una mirada turbia que insufla contundencia a sus imágenes. Para mí, una de las diez mejores películas del cine español. Un título en el que todo lo inmaterial fluye hasta desangrarnos, con bálsamo, con un privilegiado sentido descriptivo.

No es de extrañar que a un espécimen de su molde le cueste encajar en un panorama estándar. El realizador se queja amargamente de la mediatización del cine como relleno de horas para televisión, su reducción artística a un método para ocupar espacio de ocio. Este mallorquín con alma de Cronenberg -descarnado del cyberpunk- indaga en las entrañas donde otros sólo se quedan en la epidermis. La cinematografía añora más operaciones en manos del cirujano Villaronga.

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