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Telegraph Avenue

Michael Chabon

El Criollo de Brokeland; o, como Michael Chabon gesto el primer aborto de la Gran Novela Postmoderna Americana

Texto_ Fran G. Matute

El suicidio de David Foster Wallace, el 12 de septiembre de 2008, dejó fundamentalmente una cuestión literaria sin resolver: ¿cuál era el futuro de la novela americana? Su amigo, el también escritor Jonathan Franzen, parecía que lo tenía claro. La Gran Novela Americana debía romper con el postmodernismo imperante en las letras norteamericanas de su generación para virar hacia un realismo sin tapujos. De ahí que su posicionamiento estético culminase en una obra como “Libertad”. Pero a la mayoría se nos pasó por alto que existían otras formas de acabar con el postmodernismo. No era necesario realizar un giro estilístico tan copernicano. Bastaba con facturar una novela postmoderna tan absolutamente insulsa que su lectura pusiera de manifiesto el agotamiento del formato. Y esa misión tan compleja la ha llevado a cabo, con tremendo éxito, Michael Chabon gracias a “Telegraph Avenue” (2012).

¿Por qué falla tan estrepitosamente una novela como “Telegraph Avenue”, escrita por un reconocido y talentoso escritor y que, aparentemente, contiene en su trama elementos más que atractivos para triunfar? A nuestro juicio, por su afán desmesurado de pretender quedar bien con todo el mundo gracias a un aglutinamiento desaforado de personajes de lo más arquetípicos. El problema no es en sí que en “Telegraph Avenue” aparezcan hombres y mujeres, negros y chinos, homosexuales y heteros. El problema es el uso que hace Chabon de ellos.

No parece casual que la frase que principia la novela sea un juego de palabras, presumiblemente humorístico, de alto contenido interracial. Con el célebre “Llamadme Ismael” se da comienzo a “Telegraph Avenue”. Pero Chabon lo atribuye al novelista de color Ishmael Reed. ¿Es la mención al inicio de “Moby Dick” un guiño a la Gran Novela Americana? ¿Es una mera coincidencia que el chascarrillo se haga a costa de uno de los grandes librepensadores afroamericanos? ¿No se está contraponiendo el blanco de la ballena con el negro del autor de “Mumbo Jumbo”? ¿O es una alegoría que remite al “negro sobre blanco”?

En esa América tan interracial en la que Chabon pone a hacer chorradas a sus inoperantes personajes no es extraño que la cultura negra (y oriental) quede reflejada a través de la visión que el hombre blanco tiene de ella, por culpa de esa ‘exploitation’ que se dio a finales de los sesenta y principios de los setenta en las películas y en la música. Precisamente esa que abandera, de forma tan impostada, Quentin Tarantino en su cine, tan citado y homenajeado a lo largo de la novela. Y esa impostura es la que notamos en los elementos culturales que Chabon introduce en “Telegraph Avenue”. Es como si el autor no estuviera cómodo manejando dichos referentes. Los films de blaxploitation, los discos de jazz-soul que se atesoran en Brokeland Records (la tienda de discos sobre la que pivota la historia de la novela), las enseñanzas de Bruce Lee… todo se menciona con inapetencia, como si fuera un mero salpimentado de nombres, como si Chabon no estuviera en su elemento. No encontramos, por ejemplo, esa pasión reverencial por el cómic, como demostró en Las asombrosas aventuras de Kavalier & Clay (2000). Quiero decir con lo anterior que si lo que os atrae de la nueva novela de Chabon es esa portada tan chula de un vinilo rojo que promete párrafos sobre música ignota y reflexiones filosófico-discográficas de esas que se tienen a altas horas de la madrugada, gin-tonic en mano, absténgase de empezar a leer esta novela. Ya les aviso que “Telegraph Avenue” no es el equivalente americano a “Alta fidelidad” de Nick Hornby.

¿Pero qué está Chabon intentando construir con este “Telegraph Avenue”? Es, sin duda, un intento por hacer la Gran Novela Americana. Que nadie dude de eso. Pero se trata, por así decirlo, de la Gran Novela de la Nueva América. La de la mezcolanza. La del buen rollo. La de Obama, vamos. Y hay varios pasajes que así lo atestiguan. Por un lado la controvertida escena en la que el propio Obama se deja ver por las páginas de la novela. Pero al margen de dicha anécdota hay, a nuestro juicio, dos momentos cruciales. El primero es la mención a La historia secreta del hombre negro en California, crónica escrita por uno de los personajes de la novela, Luther Stallings, en la que se argumenta en qué momento el hombre negro alcanzó el sueño americano en la Costa Oeste, en un escorzo histórico que nace con el día en el que el hombre blanco quiso dormir en un tren (páginas 375 y ss.). Y, en segundo lugar, cuando se define el concepto “Criollo de Brokeland” (páginas 442 y ss.), para referirse al funky que interpretaba Cochise Jones, quizás el personaje más conseguido e interesante de todos ellos y cuya presencia, de forma indirecta, ofrece los mejores pasajes del libro (ese funeral a ritmo de Hammond B3…).

Chabon parece pretender reflejar en su novela a unos Estados Unidos que se enfrentan a un cambio de ciclo. No es solo la era del “criollo”, en la que las minorías raciales pueden llegar a alcanzar el Sueño Americano. Es la era en la que en una novela norteamericana se puede hablar de Ikea sin miedo a perder su identidad (ya saben lo que les cuesta  a los americanos deshacerse del mobiliario, y si no me creen vean el anuncio que dirigió Spike Jonze para la compañía sueca ridiculizando precisamente esa obsesión tan ‘yankee’ de no cambiar de muebles salvo causas de fuerza mayor). Pero a pesar del esfuerzo ciclópeo, a pesar de la calidad de la prosa de Chabon, de su fascinante capacidad para la metáfora y el detallismo exacerbado (esto sí que no se lo vamos a negar a la criatura), no será la literatura de Chabon la que vaya a captar para la posteridad estos vientos de cambio. Al menos de momento.

Si Chabon comienza su novela haciendo un chiste, no vamos a ser nosotros menos. Y es que no deja de resultar curioso que los pasajes finales de “Telegraph Avenue” estén dedicados a un parto. Qué simbología más acertada para describir lo que supone la lectura de esta monumental y fallida novela, que hace aguas por doquier, que aburre  hasta la extenuación, que no ofrece ninguna reflexión válida, que se sustenta en algunos de los personajes más planos y caricaturizados que hemos leído en mucho tiempo (las conversaciones entre Aviva y Gwen, con sus reflexiones sobre la maternidad, con su cháchara ‘new age’, son directamente horribles). Así que, sí, leer “Telegraph Avenue” es eso: un parto continuo de casi 550 páginas y que, por desgracia, no tiene un final feliz. Pues estamos ante el primer aborto de la Gran Novela Postmoderna Americana.

Telegraph Avenue