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SHAME

shame

DE LA PIEL PARA DENTRO

Texto_ Edu Mestre-Nadal

¿Hay alguien más?“, se gritó al universo hace 3.500 millones de años. La primera célula necesitaba que alguien la ayudara a respirar un aire que se estaba oxigenando y, por tanto, convirtiendo en letal. Así que si pasaba por allí otra célula inmune al oxígeno, le pedía que se quedara con ella. Este ejemplo demuestra que hasta el encuentro más azaroso responde a un instinto de supervivencia inconsciente. Por otro lado, la necesidad de piel es la mayor enfermedad de Occidente, una enfermedad que bien puede curarse momentáneamente con un affair. Aunque con cada dosis de estos encuentros se acreciente más la propagación del virus que afecta a las emociones. Imágenes de “Intimidad” (Patrice Chéreau) o “La Herida” (Louis Malle) personifican esta fascinación a través del encuentro sórdido, animal y puro. Curiosamente en las dos películas francesas destacan el sonido de los suspiros orgánicos, que soterran cualquier indicio de atracción intelectual. Atracción que Brandon, el protagonista de “Shame“, es incapaz de forjar en su vida, ya que carece de esa porfía humana por eternizar los momentos.

Steve McQueen filma de manera prodigiosa la mecánica interna de la adicción sexual, llevada a un cenit desnaturalizado. El actor Michael Fassbender pone cuerpo a un adicto al sexo, sin caer en el ridículo, creando un personaje existencialista, práctico y educado, que a su vez esconde un salvajismo de difícil digestión. Lo que Brandon cree como una perfecta cuadratura de su microcosmos es perturbado por la aparición de su hermana, único vínculo cariñoso del protagonista, que además fomenta el recuerdo de un pasado sucio.

El mundo posibilista donde se maneja Brandon, perteneciente a la élite neoyorkina, le ofrece variopintas posibilidades para satisfacer su patología; chicas de la calle, prostitutas, pornografía, cam to cam o cuartos oscuros. Esa constante consumición de cuerpos adquiere la condición de droga y, como en otras tantas películas, se convierte en una herramienta para la evasión. Aquí, al igual que en “Shortbus” (John Cameron Mitchell), el sexo no es más que una consecuencia de la soledad con mayúsculas a la que se enfrentan sus personajes.

shame

Soledad impuesta por multitud de factores: si pudiéramos tirar una bola del tamaño de la Tierra contra el firmamento, las posibilidades de que esa bola chocara con algún otro cuerpo son prácticamente nulas. Las distancias estelares son inconcebibles. A pesar de la proximidad, la distancia que separa a una personas de otras se asemeja a las estelares. Tanto la ostentación unas veces, como los comportamientos recatados o las actitudes defensivas otras, han convertido aquellas distancias en insondables. La contrapartida es una demanda de entretenimiento sin fin que induce al personaje de Fassbender a competir, seducir y consumir.

Shame” discurre por unos entresijos mentales pantanosos, y aunque por sus imágenes pueda parecer otra cosa, está más cercana a lo esquizoide que al divertimento. A destacar cómo se presenta la sucesión de secuencias finales antes del desenlace. Una liaison magistral de planos y resolución de historias cabalgando desde el presente al pasado reciente, de la mano de una mezcla musical que enlaza soberbia la BSO con la música diegética de los garitos que visita el protagonista, y los silencios secos, cortantes. Es a la vez un itinerario recóndito por los parajes oscuros de la mente, que desembocan en un agónico descenso a los infiernos.

El magullado espíritu de Fassbender avanza en “Shame” como los trenes en la noche. A su cerebro no le interesa la búsqueda de la verdad, sino sobrevivir. Al fin y al cabo esa es la gran destreza del cerebro humano.

A su manera, al igual que Brandon, cada uno seguirá emitiendo señales al universo esperando que les devuelvan una respuesta.

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