PHILIP ROTH
NEMESIS (MONDADORI, 2011)
Texto_ Serena Ávila
Para la mitología griega, Némesis es la diosa de la justicia retributiva, la venganza y la fortuna. Su función era castigar a aquellos que no obedecían. Justicia retributiva o retribucionismo es una teoría de la justicia -y más en concreto una teoría de la pena- que sostiene que el castigo proporcionado es una respuesta moralmente aceptable a la falta o crimen, independientemente de que este castigo produzca o no beneficios tangibles. Con este sugerente título, Philip Roth enmarca esta nueva novela en la que nos obliga a enfrentarnos a nuestro propio Némesis, nada más cruel que la certeza de que no hay enemigo peor que uno mismo.
Uno.- Mil novecientos cuarenta y cuatro, una comunidad judía de Newark, New Jersey, afectada durante la temporada de verano de una epidemia de polio que carga contra el estrato más débil e indefenso de cualquier comunidad, los niños, o para ir marcando el recorrido psicoanalítico de Roth, la infancia. Dos.- Un joven miope, Bucky Cantor, aquejado de una miopía que le impide participar en la guerra, la virilidad, la culpa… Y que se responsabiliza de los niños de un campamento de verano en el que el virus comienza a expandirse como “la peste”, la de Albert Camus… La crueldad, el sentido de la vida, el miedo… Tres.- Una historia de amor que sostendrá el castigo de Némesis sin posibilidad de redención… El peso kármico que nos acompaña desde la infancia, la importancia de nuestros propios límites, la indulgencia con uno mismo, la manipulación, y el miedo, otra vez.
Bucky Cantor, veinte y tantos años de sentimiento de peaje en la vida; la crianza por unos padres que perdieron a su hija (la madre) tras el nacimiento del muchacho; un padre ladrón, una infancia supeditada a el agradecimiento hacia unos abuelos que pertenecen a una generación y religión cuyos valores en alza, la vara que medía la dignidad a un hombre, era la del esfuerzo y la disciplina; unos valores que llevan a Bucky Cantor a construir un universo de auto exigencia sin límites; nunca será suficiente, el círculo fracaso versus culpa está servido y, con él, la creación del tormento que se posa en nuestras espaldas hasta crearnos uno chepa que no nos permite levantar la vista del suelo. No más cielo abierto, la negación de otros horizontes.
El gran Roth construye una novela en tres actos, un comienzo que podíamos recrear en cualquier lugar del mundo, antes de tocar los tambores que nos disponen a desfilar cuando nos tocan nuestro entorno más próximo, pero que la entrada de un virus invisible, la polio, léase todo aquello que reside en nuestro núcleo vital pero que no vemos ni podemos comprar, se instala en los cuerpos de criaturas inocentes para paralizar sus vidas, y con ellas, las de todos los adultos de la comunidad. Un virus que se llama miedo y que saca a relucir la enorme fragilidad de una sociedad en apariencia pacífica y políticamente correcta. Cuando el infectado es mi hijo, exijo responsabilidades, necesito culpables, y si no los encuentro, pierdo la fe. Philip Roth cuestiona la fe con una extraña sutilidad, “la idea de Dios es relativa según donde uno se halle”. Un coctel entrañablemente provocador.
Philip Roth sabe que, a veces, no hay nada que otro pueda decirnos para hacernos sentir mejor. La polio despierta y expone sentimientos de rabia, rencor, inseguridad y desconfianza ¿Cómo podía ser de otra manera cuando uno está tan convencido de pertenecer a una sociedad cada vez más desmoralizada?
Por si fuera poco, Roth le plantea a su protagonista y por ende al lector, la posibilidad de huir, escapar y salvar su vida de la epidemia aceptando un puesto como monitor de niños a las afuera de la comunidad, salvar su vida o condenar su existencia….A partir de este momento, es el lector el que debe hacer su propio acto de conciencia pero ¿en base a qué pilares? La justicia, Dios, la misericordia…
Si seguimos la metáfora de Némesis, una sociedad que camina sobre el miedo es una sociedad condenada a morir asfixiada.
Nada en la obra de Philip Roth es casual, excepto el infortunio, la mala suerte o la ausencia de fortuna. En este sentido, el azar lleva siempre matices nostálgicos.
Una vez el lector ha respondido ante semejante elección, el autor se implica de lleno para denominar al que huye: cáncer. Que no quede ninguna duda, parece decirnos el autor. En boca del responsable directo de la escuela de muchachos infectados, a la que Bucky Cantor abandona, al conocer su renuncia: -Sr Cantor, es usted un cáncer. Y no puedo dejar de pensar en aquellas frase del Reverendo Martin Niemöller “…después vinieron a por los judíos y yo no hablé porque no era judío… Después vinieron a por mí”. Pero una vez que hemos decidido, y ahí entramos en el segundo acto de la novela, ya sólo nos quedan los condicionales que se pondrán en marcha tan pronto hayamos partido… ”. Y si me hubiera quedado, y si no hubiera venido…”.
No deja de ser perturbador el hecho de que un personaje como Cantor sea un ejemplo de principio y coherencia para los muchachos a los que abandona. Las generaciones futuras por un lado, castillos en el aire, por otro. A un cierto punto, una no deja de preguntarse si esa elección no llevaba ya, en el estrato inconsciente del protagonista, la dosis de culpabilidad que a veces necesitamos para esconder que estamos muertos de miedo desde el día en que nacimos. Una sociedad muerta de miedo es una sociedad que lejos de crecer, envejece.
La tercera ficha que mueve Roth, para no despreciar ningún elemento clave y susceptible de ser manipulado, es el amor. Una relación refrescante, inocente, sana, con una mujer dispuesta a dar y a recibir, a la que la neurosis de Cantor reduce a la nada. Y aquí vuelve a decidir, y aquí reaparece la diosa Némesis en toda su expresión… Pagarás por haber elegido salvarte, pero nunca encontrarás redención. La vida es un valle de lágrimas, y el Dios del antiguo testamento se instala en la conciencia podrida de una sociedad agonizante que ha justificado demasiadas injusticias. Como si una vez que nos permitimos dudar de un Dios que permite la muerte de inocentes niños, el amor deja también de ser suficiente. Perdemos la fe… Ayyy si perdemos la fe…
Quién sabe dónde comienza ese agujero negro que nos lleva a idealizar la moral, y que nos recuerda que los mitos generan dragones. Quién sabe si en el caso de Bucky no fue una infancia marcada por un sentimiento de orfandad y abandono, o una juventud distinta que le apartó de los supuestos héroes de un país que mueren en las guerras, o una decisión mal tomada, no por azar, tan solo para elegir salvarse, ¿cómo vamos a amar a los demás si no sabemos amarnos a nosotros mismos? La polio lisiaba los cuerpos, pero la vergüenza desnudaba la belleza del carpe diem, del cotidiano, del generoso egoísmo que consiste en quererse a uno mismo y desearse una nice life, como un derecho.
Es cierto que el personaje de Bucky está forjado también en base a una bondad y solidaridad real con los otros, pero también es verdad, que esta bondad está del todo conectada a un sentimiento de culpabilidad para con el otro -tú estás mal y yo estoy bien-. El problema es que siempre habrá algo o alguien peor que nosotros con el que compararnos.
Bucky es Cantor y sus circunstancias, quizá en otro lugar del mundo en el que no se tocase el tambor de los desfiles, Bucky hubiera aceptado sus decisiones sin una artillería de punición.
No me deja de conmover la belleza de las escenas con las que Roth ilustra esta obra en tres actos clásicos de comienzo, nudo y desenlace. La escena final pone un colofón olímpico y épico a la vida de este antihéroe sensible e idealista de los que el mundo está tan necesitado. El autor consigue que le quiera bien.
Philip Roth nos abre toda una comunidad en apariencia correcta y desarrollada, para encerrarnos en la tormentosa vulnerabilidad del ser humano, y eso sí que da miedo. Talento, denuncia y compromiso en la nueva novela del mejor Roth. Léanla.














