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MANSELL, TALENTO DE HIERRO

Clint Mansell

Fotografía retrato de Clint Mansell (archivo).

Texto_ Edu Mestre-Nadal

En la actualidad, a nadie le extrañaría un despido más. Sin embargo, despierta curiosidad la maquinaria con la que el compositor Clint Mansell fue remplazado por Thomas Newman al frente de la banda sonora de La dama de hierro, tras semanas de creación. Sin comunicado oficial por medio, es probable que todo se debiera a la búsqueda de unas texturas más suaves, de un ejercicio de control para satisfacer el gusto del paladar mundano.

La imaginería de Mansell debió resultarles excesiva a los responsables de La dama de hierro. Quizás no entraría entre sus planes sacudir las endorfinas de lady Thatcher al nivel de Ellen Burstyn en la desmedida, pero atractiva, Réquiem por un sueño. Las agónicas mezclas de violín, ráfagas electrónicas, piano y violonchelo en un medido cóctel, y a velocidades discordantes, conseguían un clima de desasosiego difícilmente igualable -The beginning of the end- . Unas piezas herederas del vértigo que ya exhibía previamente en otra película de Aronofsky, Pi: fe en el caos. Esta vertiente acelerada de interpretar los excesos vistos en el celuloide le ha llevado también a ponerse al servicio de la acción –Doom- y adaptar su talento al thriller –La desaparición de Embry-. No se puede pasar por alto el calado del corte Lux Aeterna .
EI, un tema tan sampleado que le abrió a Mansell las puertas del cielo fílmico, aunque ahora unos cuantos británicos se hayan empeñado en cerrárselas. Resulta curioso cómo se deja ver el modus operandi de los responsables de The iron lady. En su lanzadera melódica terminan situando a Thomas Newman, que comparte vocabulario musical con Alexandre Desplat, autor de la banda sonora de The Queen, y en el centro del proyecto a una gran actriz, la Streep, como en su momento Helen Mirren. No es de extrañar que estos paralelismos nos conduzcan a los mismos nombres en la producción ejecutiva; unos sesudos que creen tener la fórmula del éxito. El tinglado está cimentado sobre dos interpretaciones mayúsculas, muy por encima del borroso escáner que ofrecen las producciones. Unos retratos suficientemente vagos como para permitir que cada espectador se deje llevar por su propia impresión, hasta dar matices a las biografías. ¡Basta de congraciar bajo el palio de lo ordinario!

Mansell se encuentra cómodo fuera de los contextos más académicos de la cinematografía, en producciones donde le dejan desatar todo su potencial ilusorio. La magnífica Moon se adapta de forma colosal a su piel instrumental, desplegando un recorrido mágico por la partitura. Sería imposible cuantificar la carga de sensibilidad cósmica que contienen temas como The Nursery .. Aunque es siempre con Aronofsky cuando encuentra su yo rotundo, y distinguido, el que le diferencia más en el panorama de la industria. Así lo pone de manifiesto en trabajos enrevesados, como la reinterpretación de El lago de los cisnes de Tchaikovsky. Black Swan transforma los sonidos dulces y soberbios que contienen los pentagramas originales en una fuente perversa de maldad acechante y locura desatada –Nina´s dream- . Un reto enorme, tal, que aseguraba el propio Mansell: “¿Cómo deconstruyes un clásico para exponer una pieza moderna que de algún modo le guardará respeto al original y de otro echará a patadas todo?”; y proseguía con la resonancia de sentimientos que golpeaban su cabeza: “Al final, espero que le diéramos al material original un nuevo usufructo de vida, un nuevo ambiente, un nuevo giro.”

El fenómeno de Coventry hace gala de un eclecticismo variopinto al encargarse de la música del esperadísimo videojuego de ciencia ficción Mass Effect 3. O al construir la melancólica base dramática para United, película para televisión basada en la tragedia sufrida por los ocho Busby Babes del Manchester United, que perdieron la vida en un accidente de avión, allá por la década de los 50.

Comentario aparte merece La fuente de la vida, un ejemplo de metraje superado ampliamente por su obra musical, exquisita y madura. En esta ocasión, Aronofsky sufre de desenfreno al querer llenar la pantalla de alegorías físicas en las que se pierde. Su universo, plagado de complejidades –muerte, amor y tiempos fracturados-, le proporciona a Mansell un tablero de juego amplio, donde sabrá conjugar clasicismo y contemporaneidad. Kronos Quartet y Mogwai son los encargados de interpretar la sinfonía, elegíaca y profundamente reflexiva -The last man-. Un ejercicio que nos adentra en el empeño renacentista por radiografiar las ansias, por cambiar lo inevitable, a la orilla de la amargura que deja poso –First Snow-. Para entonces, la música ya ha rasgado con tristeza, al evocar un amor que trasciende a la muerte –Stay with me- , y va a alcanzar su plenilunio épico con el estallido Death is the road to awe. Una fascinante fusión que conforman la electrónica, el rock, un coro de nueve voces y una orquestación de cámara. En definitiva, la colaboración Darren/Clint más desequilibrada en cuestión de resultado, y a la vez la que consigue sacar las mejores destrezas de un compositor excelso.

Si nos dejásemos llevar por la valiosa estructura armónica de Thomas Newman en La dama de hierro, creeríamos atisbar restos extraños, ciertas nubes de pánico electrónico que salpican algunas secuencias. En parte, esto sería atribuible a nuestras ganas de amarillismo instantáneo y fanfarronería, del todo innecesarias.

Lo claro es que a Mansell no le hace falta ninguna dama de hierro para convencernos de unas habilidades inoxidables.