En brazos de Tolstoi

Foto por Géraldine Eelbode

Texto_ Serena Ávila
Fotografías_ Géraldine Eelbode

“… Ana lanzó lejos de sí su saquito de viaje y, encogiendo la cabeza entre los hombros se tiró bajo el vagón. Cayó de rodillas y, con un movimiento ligero, abrió los brazos como si tratara de levantarse. En aquel instante se horrorizó de lo que hacía. “¿Dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Por qué?” se dijo. Quiso retroceder, apartarse, pero algo duro, férreo, inflexible, chocó contra su cabeza. El hombrecillo de sus pesadillas, diciendo en voz baja algo incomprensible, machacaba y limaba los hierros… ”.

Anna Karénina, Leon Tolstói, 1877.

En medio de los vientos  invernales de la tempestad zarista sobre Rusia, escucho la primera campana del vagón que me indica que la muerte está lo suficientemente lejos como para decidir levantarme entre estos restos de tierra, sangre y metal que el maestro no incluirá en su relato sobre mi muerte. Tolstói medita. Aún estoy a tiempo, aún soy Anna Karénina. Y aunque hace tiempo que me estrangula la vida, yo no quiero morir. Aprovechar este lampo mortis con el que mi autor comienza su duelo por mi ausencia y decidir mi independencia emocional de todo aquello que me rodea. Escapar de un destino que no me pertenece. Él sabe que las mujeres como yo, extremas, cerasíferas, no creemos en la muerte, tan solo en la des encarnación del alma. Puede que yo nunca quisiera morir, pese a que adivinaras mi muerte mucho antes de conocer mi vida; lo sé porque cuando comenzaste a crearme, yo ya era alegre, en exceso. Me atrevería a decir que mi alegría primera no era más que un vivir desenfadado que tú también conociste. ¿Por eso me matas? También en mi felicidad me imaginaste extrema. Pero, entonces, ¿por qué morir? Precisamente por eso, asentirás mientras te acaricias la barba, reflexivo, compasivo. Tolstói, el maestro, es un hombre de firmes convicciones y rotunda conciencia pero yo sé que tiene dudas. Virginia Woolf dirá unos años más adelante que alguien tiene que morir para que los demás puedan valorar la vida, pero ¿y si mi muerte fuera en balde? ¿Y si ninguna de las mujeres que me sucederán aprenden de mi desgracia? James Joyce hará de mi caótico monólogo interior una obra maestra de la literatura. ¿Hubiera escuchado mi voz si yo no fuera a morir? La gran literatura no entiende de finales felices, tan solo de comienzos. ¿Significa eso que estamos todos los iconos modernos condenados a un segundo acto de desgarro, tortura psicológica y padecimientos?

Tal vez si me da más tiempo, cien páginas más, comprenda mi propia enfermedad y aprenda a escribir yo misma las palabras que me devuelvan a la vida, pero me mantienes tumbada sobre estas vías, con un intervalo entre el papel y la tinta que aún no te atreves a traspasar. Y el tren que avanza con la misma lentitud con la que recuerdo lo que había venido a hacer a esta estación. La misma vía férrea que desencadenó mi condena.   Puedo tocar tus pensamientos con las yemas de mis dedos. Sé que me estás mirando aunque finjas la solemnidad de hacer lo correcto. Acaricio tu barba. ¿En qué estarás pensando? Tal vez en dejar de creer que todos hemos sido creados para sufrir, que todos sabemos y encontramos medios para engañarnos a nosotros mismos y de ese modo, cuando vemos la verdad, no sabemos qué hacer. Esa es la historia de cada uno de nosotros,  la vida y la muerte. Y todo lo que sucede entre medias, la búsqueda de la felicidad. Si pudiera volver atrás, al origen de todo esto… Pero cómo estar segura de ello. En aquella rápida mirada, Vronsky tuvo tiempo de observar  una expresión de viveza contenida, sus ojos brillantes y la sonrisa apenas perceptible de sus labios rojos. Parecía que un exceso de algo llenaba todo su ser y, a pesar suyo, brotaba tan pronto de su mirada luminosa, tan pronto de su sonrisa. Veló intencionadamente la luz de sus ojos, pero esta se traslucía a pesar suyo, en aquella sonrisa. De la geografía en la que se desarrolló nuestro primer encuentro, obligándome a luchar contra un destino contra el que no dejé de pelear un solo instante; de la inutilidad del sentimiento de culpa que creó al hombrecillo de mis pesadillas. Quizá fue aquel día soleado cuando no pude ocultar mi amor por Vronski y media sociedad rusa de mediados del SXIX se afiló las uñas. De la geografía de los desencuentros amorosos, del agotamiento de los pactos de pareja. “Ya sólo nos falta el circo de los leones”. La noche en la que presagié el acoso y el descredito a la que sería expuesta. Y entonces, maestro, ¿qué sentido tiene el amor? ¿Es por eso que me diste la razón? Para darme la posibilidad de librarme de todo lo que me inquieta, pero entonces, por qué construirme con una base llena de sensibilidad y deseo. La segunda campana del vagón de quien ya siento su sombra negra y monstruosa,  dobla mi empeine entre las medias de suave encaje. Cuando me mates, tendrás que lidiar con tu propia culpa, y te asombrarás de que una obra tan vulgar y tan mezquina, guste tanto. Porque tampoco tú serás ya el mismo que ahora me escribe. Sé que ahora crees que Jesús vino al mundo a salvarnos, y es cierto. Pero Jesús no nos salvó con la muerte, maestro, nos sanó con su palabra; él tampoco necesitaba morir. Nos enseñó a querernos los unos a los otros tal y como él nos había amado. Ahora que lo pienso, puede que no sea ese tu nuevo mensaje, puede que cuando perdones a la culpa que te llevó a crearme, la tuya, comprendas que no merece la pena morir sin antes haber vivido, y esta obra se adelante a ti mismo. Puede que te enamores una vez más de mi pasión, que sólo fue castrada por los corazones de quien tuvieron miedo a sentirla. Puede que comprendas que el amor de un hijo no es comparable con ningún otro amor a un hombre. No fue difícil para ti separarme del mío y herirme de muerte. Y el hombrecillo de mis pesadillas se instaló en mi cordura. Me abandonaste. ¿Tú crees que alguien me defenderá? Soy la misma de antes pero en mí hay otra y la temo. Ella se ha enamorado de un hombre y yo quise aborrecerle… Me muero, solo necesito una cosa, que me perdones. Y aquellas palabras que me hiciste decir a Alekséi Aleksándrovich Karenin, mi marido, no fueron verdad. Yo sólo quería su perdón para que me permitiera recuperar mi libertad, sólo eso. Yo era aquella que deseaba su muerte. Y, de nuevo,  tal vez por eso me mataste. Soy como una cuerda que ha de estallar. He oído decir que las mujeres aman a los hombres también por sus vicios, yo odio al mío por su virtud. Tal vez comprendan tu ironía de ser juzgada por quienes se escondieron de lo mismo que yo defendí con mi propia vida, otras Anna Karénina, otra sociedad dispuesta a derramar la sangre de los mejores, que nunca son ellos. Sedienta de muestras de amor me hice vulnerable y me dejé caer entre tus manos como Jesús se desplomaba en los brazos de su madre. Lo demás vino rodado, mi drama necesitaba un final a la altura de mis sentimientos. Los castigaré y me libraré de todos y de mí misma. La tercera y última campana me encierra en mí misma, ovillando mi cuerpo hasta no distinguir mis manos de mis pies. Siento la tinta gélida de tu pluma sobre mi pelo. Ya has pintado mis pómulos, me vas a matar. Cuando comienzas a dibujar mis ojos… Sonrío, me doy cuenta de que esta vez me has escuchado. Soy cualquier mujer, y todas las mujeres son Anna Karénina. El último trazo es para el perfil de unos ojos grandes y profundos que lo han comprendido todo, también los túneles oscuros a los que nos encamina la desesperación. Una mirada que vivirá en el imaginario de todos aquellos que defenderán su libertad, valientes.

“… Y la luz con que Ana leía el libro lleno de inquietudes, engaños, penas y maldades, brilló por unos momentos más viva que nunca y alumbró todo lo que antes veía entre tinieblas… ”.

Foto por Géraldine Eelbode

© Copyright 2011 CLONE Magazine - Aviso Legal