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DRIVE

DRIVE

¿Conocen la fabula de la rana y el escorpion?

Texto_ David Pareja

El escorpión es un animal que da nombre a una constelación, un artrópodo nihilista y solitario pero al que los egipcios adoraban para protegerse de él. El mismo arácnido que Ryan Gosling, el protagonista de Drive, lleva tejido a su espalda, un aguijón textil que explicita la pulsión violenta del protagonista; un personaje sin nombre, sin pasado. Drive no es precisamente una reflexión sobre la violencia, tiene más ínfulas de historia de amor, un amor lleno de buenas esperanzas, pero sin los clichés de un blockbuster ni los tormentos post-sobremesa de un drama romántico. Una esperanza que busca anclar definitivamente los pies en la normalidad y huir del hieratismo sentimental. Drive camina entre dos aguas, planea elegantemente sobre esa ambigüedad que nutre algunas de las películas más significativas del género. Lo ambiguo como la identidad de lo diverso,  el conductor (the driver) -o el chico (the kid)-, busca su redención a través de la velocidad y el amor, pero no puede abandonar la mácula del pecado original, su naturaleza agresiva.

Drive es cine negro de calidad, repleto de velocidad y acaloradas persecuciones por el asfalto angelino, de matones y mafiosos, de guantes de cuero y jefes corruptos, navajas y quinquis de trajes caros… (además de tener uno de los mejores arranques del cine reciente, colmado de una elegancia ochentera y sombría). Pero dentro de la homonimia estilística cabe espacio para una estética neorromántica y aséptica. Una historia mitológica de neones y ruedas, con un héroe capaz de sacrificar su vida por una princesa que reclama ayuda en cada gesto. Sin embargo, un poso venenoso y trágico recorre la narrativa de principio a fin, una fábula que perfila y oxigena el vacío existencial de los protagonistas, rigurosos y metódicos a la hora de sobrevivir. Característica extraña dentro del cine contemporáneo, no existe pulsión sexual en la película, las relaciones poseen una atracción que repele las distancias cortas –no hay apretones de manos, no hay besos apasionados-. El metraje es una parada más en boxes, un nuevo pueblo en el camino de este cowboy contemporáneo que interpreta la vida desde la luna del automóvil. Como el conductor asegura, siempre hay cinco minutos de seguridad, un espacio de autocontrol capaz de asegurar la escapada. Pasados esos cinco minutos: el caos, lo imprevisible… el thriller.

No es necesario hablar de referencias ni de guiños fílmicos, porque las trasciende todas, logrando un film con una atmósfera personal y única. Cine con mayúsculas, repleto de nervio fílmico y tirante como un arco preparado para la guerra. Tirando a dar.

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