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DAME DE COMER

Chronicle

Texto y fotos_ Irene Fernández Arcas

La máquina del tiempo se detiene en una estación. Es verano y hace frío. Ese lápiz imaginario que dibuja en el cerebro sensaciones, rompe el pánico de la hoja en blanco con el rasgar de las primeras notas. Comienzan los acordes de “Nueva Bruma” y una lágrima también imaginaria moja una sonrisa, y sería mentira decir que esa hoja en blanco será escrita con sensaciones imparciales.

¿Alguien ha visto alguna vez a alguien subido a un escenario y se ha sentido como una madre emocionada, y en cuanto la música comienza de repente se queda uno sin habla, se le olvida que ha escuchado cientos de veces ya esas canciones, y ha visto a esas personas tocar, y entonces pensado: joder, qué bien suena esto? Pues más o menos así es cuando se ve por primera vez el directo de unos amigos cuando se convierten en estrellas, digo yo. Y si alguien quiere imaginarse cómo suena ese sentimiento, que vaya a un directo de Dame de Comer y seguramente en unos segundos se verá tan abrumado por la transparencia de la música, que se le habrá olvidado si los conoce o si es que había soñado con ellos.

Supongo que los colores rojos le daban un toque de romanticismo a todo esto. El Velvet de Málaga arropa muchos recuerdos en tonos ocres como las fotos antiguas. Aparece un déjà vu. He estado aquí, con las mismas personas, en otras ocasiones. Pero no era esto, no. El juego hoy es otro. Yo los miro, no brindamos juntos. Los cuatro ensimismados en sus mundos antes del concierto. La mitad de los componentes del grupo son una maraña de pelo rojo. Poesía visual. Agarrando las miradas del aire, inspiran, cierran los ojos y comienza el cuento sonoro.

Dame de Comer es una conjunción que surgió en Málaga de un algoritmo musical algo descontrolado. Ellos se definen a sí mismos como “el resultado del encuentro entre seres humanos de distintas especies y sus respectivos instrumentos”, pero a otros les viene a la mente pensar que es algo así como la música que saldría de un psiquiátrico lleno de talentos.

Su primer LP se llama “Estampida Elegante” y sin querer uno piensa en guitarras, baterías, trompetas, y otros instrumentos animados con patas y ojos, sin manos ni boca, que aullando y ladrando salen a correr, intentando cantar todos juntos en manada un idioma suspicaz.

El caso es que sí, que se entienden en ese idioma, que esos instrumentos de naturaleza animal consiguen un diálogo musical inequívoco. Ese tocando acá y aquel otro ahí tienen de eso que llaman química y, vaya, cuánta.

Guitarras que conversan con ataques de ansiedad -o de inspiración, a veces se confunden- un violín eléctrico que pincha y marca, danza y ríe. Batería, trompeta, y una cosa muy rara que por lo visto se llama Theremin y que es casi místico de verlo sonar. O de oírlo tocar. Y luego, voces, palabras, frases, gritos, llantos, susurros y experimentos. A eso suenan las letras de las canciones. Aunque parece que no se sabe muy bien de qué hablan, la magia hace efecto y los pelos de gallina hacen su aparición en el brazo dormido del espectador sonriente. Aunque los directos siempre son teatros únicos, vómitos incalculables de arte, no hay nada como un grupo nuevo y con ganas de dejarse la piel. Mitad improvisación mitad me lo invento, que al final a uno lo embarca a bailar a reír a sentirse envuelto en ese nosequé. Vamos a jugar a hacer música. Parece que dijeron un día. Y cuando llevaban mucho tiempo jugando se le llamó ensayo. Y cuando el ensayo fue metido en un escenario, se le llamó concierto, y entonces las risas son canciones, pero cómo hacer que la magia no muera, eso no tiene matemática.

Cuando se descubre una musa, se siente un flechazo, hay un sentimiento intuitivo que no se quita en semanas, hasta que uno descubre que estaba en lo cierto y tiene ante sí un pozo de oro y misterios. O cuando era la vuelta al cole y había que comprar los libros y en la visita al hipermercado una se llevaba en el bolsillo por ser pesada con papá un cassette barato cuyo nombre jamás había escuchado y al final resultaba que era bueno, o incluso conocido. O cuando un chico guapísimo se hace de repente mayor y en ese momento de flor de lotus el director de la compañía de teatro de turno lo descubre. En todos esos momentos indescriptibles la ecuación es la misma: unas cosquillas en la barriga, nervios en la boca y querer contar a todo el mundo la novedad, la locura, la noticia, el descubrimiento, pero no demasiado alto para no destrozar esa pureza natural de las cosas frescas. Eso me pasa a mí. Lo único que la verdad es que se me han adelantado. Ya oí hablar de ellos.

En julio ganaron el festival Ojeando. Se les etiquetó como nuevos talentos y ya la cosa se tuvo que tomar en serio. “Vanguardia musical de post-rock que huele a retro en sus letras y a riesgo en su instrumentación y que rompe esquemas de cualquier propuesta indie”. Toma ya.

Aunque ellos llevan tomándoselo en serio más de siete años y no miento. Aunque cuando cantaban “Romper un Silencio Así no Tiene Razón” en la cocina mientras jugábamos al carcasone debo reconocer que no me tomaba tan en serio esa voz. Wanda ladraba. Hoy nos han callado la boca. Que te sorprenda lo cercano, lo rutinario, lo conocido, lo local es más admirable que la sorpresa de lo exótico. Es un golpe más limpio. Pablo, Lolo, Luz y Rafa son un torbellino de cosas que pa qué voy a seguir poniendo palabras. Como uno de esos platos exquisitos que son pequeños pero que no pasas hambre. Colorido y minucioso, hace ruido melódico que no deja descansar al inconsciente. Ya los ves casi llorando, o con los ojos cerrados, concentrados, que gritando y saltando o comiéndose el micrófono – literalmente.

Era un conflicto saber si hay que escribir sobre algo que se sabe que es subjetivo. Alguien preguntó a su cabeza y dijo que sí. Alguien preguntó a su corazón y dijo que no. Alguien preguntó a sus orejas y como las orejas no saben hablar creo que pensaron que uno se deje de tonterías cuando se trata de música buena. Esto suena bien. No lo digan muy alto. Que no se rompa la magia.

Más info en damedecomer.bandcamp.com